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Desenterrando la verdad

07/02/2011

El antropólogo forense José Pablo Baraybar ha sido reconocido con el premio Judith Lee  Stronach 2011 por la organización defensora de los derechos humanos The Center for Justice and Accountability (CJA). Este galardón llega tras 25 años de trabajo esclareciendo crímenes contra la humanidad en el Perú y en el mundo.

Por María Isabel Gonzales (LaRepublica.pe)

Ciertos olores suelen llevar a José Pablo Baraybar a lugares que creía olvidados, a escenarios terribles guardados en su memoria: una fosa común en Haití, otra más en Kosovo o quizá Putis, en el Perú. Las imágenes le llegan de su trabajo como antropólogo forense, testigo, investigador y encargado de cientos de exhumaciones. Es algo que viene con la profesión, así que lo asume y sigue con su rutina. Su objetivo después de tantos años sigue siendo el mismo: encontrar respuestas para quienes aún esperan la vuelta de un familiar o un ser querido. Quiénes, cuándo, dónde y por qué son sus interrogantes. Con los restos de quien alguna vez fue una persona podría llegar a responder esas preguntas y quizá encontrar pruebas irrefutables de violaciones a los derechos humanos.

A esa búsqueda de la verdad, a la que ha dedicado gran parte de su vida, le debe el premio Judith Lee  Stronach 2011 otorgado por The Center for Justice and Accountability (CJA), una organización que sigue los juicios a presuntos violadores de los derechos humanos y vela por el derecho de las víctimas a recibir una indemnización. Por estos días anda recuperándose de una operación a la vista que lo dejó ciego por medio año, reorganiza el Equipo Peruano de Antropología Forense (Epaf) que él dirige y sigue preguntándose por esa extraña fijación en los huesos que ni él entiende.

El hombre de los huesos

“Salí del colegio en el 80 y recién ingresé a estudiar arqueología en San Marcos en el 82. Me tardé dos años porque estaba en la duda entre ser médico o arqueólogo”. Su primera excavación fue la Huaca Pucllana. Una vez allí le dieron a elegir entre trabajar con piedras, cerámica, textiles o con huesos. Se decidió por lo último. “La verdad es que no tenía muy claro lo que hacía. Pero los huesos siempre me resultaron estéticos. Después de esas prácticas en Lima viajé a sitios arqueológicos en Lambayeque y Palpa.

La pregunta que quería resolver era cómo habían muerto esas personas  de culturas precolombinas. Opté por entrar a la morgue de Lima para comparar las huellas, traumas y marcas en los huesos que yo estudiaba con los restos de las personas que llegaban“.

En paralelo era activista de Amnistía Internacional (AI) y al llegar los 90, con la intensificación del terrorismo y la presencia de Alberto Fujimori en el poder, el número de desaparecidos empezó a crecer. José Pablo pensó que sería útil combinar sus conocimientos de arqueología forense con los derechos humanos. Por esas épocas llegó a Lima Ian Martin, secretario general de AI. Baraybar no lo sabía pero Martin se convertiría en una especie de padrino que lo llevaría a recorrer la geografía mundial de las fosas comunes.

Viaje sin retorno

En el Perú no existía un Equipo de Antropología Forense y él fue adquiriendo conocimientos por becas y pasantías que ganaba en el extranjero. La idea de especializarse en descubrir la forma en que alguien fue asesinado se fue apoderando de él hasta hacerse una vocación impostergable. Con ese afán viajó a Argentina en 1991. Fue aceptado en una pasantía con el Equipo Argentino de Antropología Forense. Aunque mejoraba en lo académico, las monedas no abundaban en sus bolsillos. Así que los fines de semana debió trabajar de vendedor en una feria. Luego tuvo estadías en Brasil, Chile, Reino Unido, Estados Unidos y España.

En 1992 se enfrentó por primera vez con unos restos NN (no identificados). La congresista Gloria Helfer lo llamó como asesor en el caso La Cantuta. Tras ese primer trabajo, recibió su primera misión en 1994. Una llamada de Ian Martin, quien había dejado AI para ser representante de la ONU en Haití, lo invitaba a trabajar en la oficina forense de ese país. Debía proveer evidencias de los crímenes que se cometían en cada esquina. “Es un país impactante. La gente se baña en los charcos que forma la lluvia porque no tiene agua y a unos minutos de esa miseria hay palacios coloniales con piscina y mayordomos. Matan a la gente por robar comida y botan los cuerpos en una jurisdicción diferente para que no los encuentren”.

La siguiente parada fue Ruanda, en 1996. Un país del tamaño de Lima donde mataron a 800 mil personas en 100 días. Vio gente mutilada, niños huérfanos y muertos hasta en los silos de las casas. Pero nunca conoció algo que se le parezca hasta que llegó a Los Balcanes. Ahí se quedó hasta el 2007. Primero sus investigaciones proveían información de  ejecuciones masivas al Tribunal Internacional para la Ex Yugoslavia y luego creó la Oficina Forense y de Personas Desaparecidas en Kosovo. “Aunque identificamos al 60% de los restos humanos que encontramos, surgió un tema por el que hasta hoy recibo llamadas. Mucha gente desaparecía porque les quitaban los órganos para venderlos en el mercado negro”.

La familia y el Perú

Se casó por segunda vez en el 2010 con una lingüista que conoció en Venezuela. Una amiga le arregló la cita. “No fue un flechazo, fue un torpedo. Ella tiene tres hijos y yo dos hijas de mi primer matrimonio. Nos hemos asentado en Lima pero yo viajo mucho porque mis hijas viven en Estados Unidos con su madre”. Estar en el Perú siempre le causa un sentimiento ambivalente. Una forma de no perderse en tanto infierno que ha pisado es mantener su identidad. Saber de dónde viene y quién lo ha criado le da fuerzas.

Pero en el Perú le causa indignación que aquellos ejecutados, los desaparecidos, son los ciudadanos invisibles, dice. “Son los cholos o la empleada doméstica, campesinos pobres. A ellos les pasó esto porque no tenían derechos sociales, económicos ni culturales. Los trataron como ciudadanos de tercera, cuarta, quinta, y podría seguir bajando. Con ellos me identifico y he llegado a tender lazos con los familiares porque todos tenemos un objetivo: descubrir la verdad”.

Baraybar recuerda que en el Perú hay más de 4 mil 600 fosas que deben contener unos 15 mil desaparecidos. “Nadie quiere encontrarlos. No hay una política para este asunto y no existe un protocolo a seguir para que se respete el papel del antropólogo forense cuando encuentran restos ”, señala. Con el Epaf algunos de los casos en que han colaborado eficazmente son: La Cantuta, Putis, los restos de emerretistas de la embajada de Japón, Pucayacu, Cabitos, Mariela Barreto, hasta Chuschi para la CVR.

“Creo que es hora de fortalecer las cosas aquí. El Epaf necesita dividirse en especialidades aunque ahora estamos en bancarrota.

Tenemos ofertas para dar capacitaciones afuera. Así que en eso estamos”. Termina la entrevista y se pone de pie para despedirse. El premio ganado se otorga a quien, según la CJA, “ha contribuido de manera significativa a la justicia mundial”. José Pablo es una de esas personas. Dice que para él la búsqueda de quienes ya no están entre nosotros continúa. Es su compromiso.

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